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El testamento espiritual de Juan Pablo II |
Totus Tuus ego sum
En el Nombre de la Santísima Trinidad. Amén.
"Velad porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor" (cf.Mt
24, 42), estas palabras me recuerdan la última llamada, que
vendrá en el momento que quiera el Señor. Quiero seguirle y
deseo que todo lo que forma parte de mi vida terrenal me
prepare a este momento. No sé cuando llegará, pero como todo,
también deposito este momento en las manos de la Madre de mi
Maestro: Totus Tuus. En sus manos maternas lo dejo todo y a
todos aquello con quienes me ha ligado mi vida y mi vocación.
En esas manos dejo sobre todo a la Iglesia y también a mi
nación y a toda la humanidad. A todos doy las gracias. A
todos pido perdón. Pido también oraciones para que la
misericordia de Dios se muestre más grande que mi debilidad
y mi indignidad.
Durante los ejercicios espirituales he releído el
testamento del Santo Padre Pablo VI. Su lectura
me ha llevado a escribir el presente testamento.
No dejo tras de mí propiedad alguna de la que sea necesario
disponer. En cuanto a las cosas de uso cotidiano que me
servían, pido que se distribuyan como se considere oportuno.
Que se quemen mis apuntes personales. Pido que se encargue
de todo esto don Estanislao a quien doy las gracias por la
colaboración y la ayuda tan prolongadas en estos años y tan
grande. Todos los demás agradecimientos, en cambio, los dejo
en el corazón ante Dios mismo, porque es difícil expresarlos.
Por lo que se refiere al funeral, repito las mismas
disposiciones que dio el Santo Padre Pablo VI (nota al
margen: la sepultura en la tierra, no en un sarcófago,
13.3.92)
"apud Dominum misericordia
et copiosa apud Eum redemptio"
Juan Pablo II
Roma, 6. III. 1979
Después de la muerte pido Santas Misas y oraciones. 5.III.90
Folio sin fecha:
Expreso mi mas profunda confianza en que, a pesar de toda mi
debilidad, el Señor me conceda todas las gracias necesarias
para hacer frente según Su voluntad a cualquier tarea,
prueba o sufrimiento que quiera pedir a su siervo en el
curso de la vida. También tengo confianza en que no
permitirá jamás que, mediante cualquier actitud mía:
palabras, obras u omisiones, traicione mis obligaciones en
esta santa Sede Petrina.
24.II-1.III.1980
También durante estos ejercicios espirituales he
reflexionado sobre la verdad del sacerdocio de Cristo en la
perspectiva de aquel tránsito que para cada uno de nosotros
es el momento de la propia muerte. Del adiós a este mundo -para
nacer a otro, al mundo futuro, signo elocuente (añadido
encima: decisivo) es para nosotros la Resurrección de Cristo.
He leído por tanto la escritura de mi testamento del último
año, efectuada también durante los ejercicios espirituales,
la he comparado con el testamento de mi gran predecesor y
padre Pablo VI, con ese testimonio sublime sobre la muerte
de un cristiano y de un Papa y he renovado en mí la
conciencia de las cuestiones a las que se refiere el
registro del 6.III.1979 que yo había preparado (de forma
bastante provisional).
Hoy quiero añadirle solamente ésto, que cada uno debe tener
presente la perspectiva de la propia muerte. Y debe estar
preparado para presentarse frente al Señor y al Juez y al
mismo tiempo frente al Redentor y al Padre. Así, yo también
lo tengo continuamente en consideración, confiando ese
momento decisivo a la Madre de Cristo y de la Iglesia, a la
Madre de mi esperanza.
Los tiempos que vivimos, son indeciblemente difíciles e
inquietos. También el camino de la Iglesia se ha vuelto
difícil y tenso, tanto para los fieles como para los
pastores, prueba característica de estos tiempos. En algunos
países (como por ejemplo en aquel del cual he leído en los
ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un
período de persecución tal que no es inferior al de los
primeros siglos, al contrario, incluso los supera por el
grado de crueldad y de odio. Sanguis martyrum - semen
christianorum. Y además esto: tantas personas inocentes
desaparecen también en este país en que vivimos...
Deseo una vez más confiarme totalmente a la gracia del Señor.
Él mismo decidirá cuando y cómo tengo que terminar mi vida
terrenal y mi ministerio pastoral. En la vida y en la muerte
Totus Tuus mediante la Inmaculada. Aceptando ya desde ahora
esta muerte, espero que Cristo me conceda la gracia para el
último pasaje, es decir la Pascua, (mía). También espero que
haga que sea útil para esta causa tan importante a la que
intento servir: la salvación de la humanidad, la
salvaguardia de la familia humana, y con ella de todas las
naciones y todos los pueblos (entre ellos también me dirijo
de forma particular a mi Patria terrena), útil para las
personas que de modo particular me ha confiado, para la
cuestión de la Iglesia, para la gloria de Dios.
No quiero añadir nada a lo que escribí hace un año,
solamente manifestar esta prontitud y al mismo tiempo esta
confianza a las que de nuevo me han dispuesto los ejercicios
espirituales.
Juan Pablo II
Totus Tuus ego sum
5.III.1982
En el curso de los ejercicios espirituales de este año he
leído (varias veces) el texto del testamento del 6.III.1979.
A pesar de que todavía lo considero provisional (no
definitivo) lo dejo en la forma en que existe. No cambio
(por ahora) nada, y tampoco lo agrego, por cuanto se refiere
a las disposiciones que contiene.
El atentado a mi vida el 13.V.1981 confirmó, de alguna forma
la exactitud de las palabras escritas en el período de los
ejercicios espirituales de 1980 (24.II- 1.III).
Cuanto más profundamente siento que me encuentro totalmente
en las Manos de Dios - y permanezco continuamente a
disposición de mi Señor, confiándome a Él en su Madre
Inmaculada (Totus Tuus).
Juan Pablo II pp. II
5.III.82
Por cuanto se refiere a la última frase de mi testamento del
6.III.79 ("Sobre el lugar/ es decir el lugar del funeral/
decida el colegio cardenalicio y los compatriotas") aclaro
que pienso en: el metropolitano de Cracovia o el Consejo
General del Episcopado de Polonia. Pido por tanto al Colegio
Cardenalicio que satisfaga en la medida de lo posible las
eventuales peticiones de los más arriba citados.
1.III.1985 (en el curso de los ejercicios
espirituales)
De nuevo - por cuanto respecta a la expresión "Colegio
Cardenalicio y los Compatriotas"-: el "Colegio Cardenalicio"
no tiene ninguna obligación de interpelar sobre este
argumento a " los Compatriotas": sin embargo, puede hacerlo,
si por alguna razón lo considerase justo.
JPII
Los ejercicios espirituales del año jubilar del 2000
(12-18.III)
(para el testamento)
1. Cuando el día 16 de febrero de 1978 el cónclave de los
cardenales eligió a Juan Pablo II el primado de Polonia,
cardenal Stefan Wyszynsk, me dijo: "La tarea del nuevo Papa
será introducir a la Iglesia en el Tercer Milenio". No sé si
repito exactamente la frase, pero al menos éste era el
sentido de lo que sentí entonces. Lo dijo el hombre que ha
pasado a la historia como primado del Milenio. Un gran
primado. He sido testigo de su misión, de su entrega total.
De sus luchas: de su victoria. "La victoria, cuando llegue,
será una victoria a través de María". Estas palabras de su
predecesor, el cardenal August Hlond, las solía repetir el
primado del Milenio.
De este modo, me he preparado para la tarea que el día 16 de
octubre de 1978 se presentó ante mí. En el momento en que
escribo estas palabras, el Año Jubilar del 2000 ya es una
realidad. La noche del 24 de diciembre de 1999 se abrió la
simbólica Puerta del Gran Jubileo en la basílica de San
Pedro, después la de San Juan de Letrán, la de Santa María
Mayor, el primer día del año y el día 19 de enero la puerta
de la basílica de San Pablo Extramuros. Este último acto,
dado su carácter ecuménico, se ha quedado grabado en mi
memoria de modo particular.
2. A medida que pasa el Año Jubilar del 2000, un día tras
otro, se cierra detrás de nosotros el siglo XX y se abre el
siglo XXI. Según los designios de la Providencia se me ha
concedido vivir en el difícil siglo que se está acabando,
que empieza a pertenecer al pasado y ahora, en el año en que
la edad de mi vida alcanza los 80 años (´octogesima
adveniens´), es necesario preguntarse si no es tiempo de
repetir con el bíblico Simeón: ´Nunc dimittis´.
El día 13 de mayo de 1981, el día del atentado al Papa
durante la audiencia general en la Plaza de San Pedro, la
Divina Providencia me saló milagrosamente de la muerte.
Aquel que es único Señor de la vida y de la muerte, El mismo
me ha prolongado esta vida, en un cierto modo me la ha
vuelto a dar. Desde aquel momento pertenece aún más a El.
Espero que El me ayudará a reconocer hasta cuando debo
continuar este servicio, al que me llamó el día 16 de
octubre de 1978. Le pido que me llame cuando quiera. ´Pues
si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos
para el Señor´ (cf. Rm 14, 8). Espero que hasta que pueda
realizar el servicio petrino en la Iglesia, la Misericordia
de Dios me preste las fuerzas necesarias para ello.
3. Como todos los años, durante los ejercicios espirituales
he leído mi testamento del 6.III.1979. Sigo manteniendo las
disposiciones contenidas en él. Lo que entonces y durante
los sucesivos ejercicios espirituales se ha añadido es un
reflejo de la difícil y tensa situación general, que ha
marcado los años ochenta. Desde el otoño del año 1989 esta
situación ha cambiado. El último decenio del siglo pasado ha
estado libre de las tensiones anteriores ; esto no significa
que no hayan surgido nuevos problemas y dificultades. De
modo particular, sea alabada la Divina Providencia por ello,
el período de la llamada ´guerra fría´ terminó sin el
violento conflicto nuclear que pesaba sobre el mundo en el
período precedente.
4. Al encontrarme en el umbral del tercer milenio "in medio
Ecclesiae", deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu
Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, - del que
junto a la Iglesia entera y todo el episcopado- me siento
deudor. Estoy convencido de que las nuevas generaciones
podrán servirse todavía durante mucho tiempo de las riquezas
proporcionadas por este Concilio del siglo XX. Como obispo
que ha participado en el evento conciliar desde el primer al
último día, deseo confiar este gran patrimonio a todos
aquellos que son y serán llamados a ponerlo en práctica en
el futuro. Por mi parte, doy las gracias al Pastor eterno
que me ha permitido servir a esta grandísima causa en el
curso de todos los años de mi pontificado.
"In medio Ecclesiae"... desde los primeros años de servicio
episcopal -precisamente gracias al Concilio -he podido
experimentar la comunión fraterna del episcopado. Como
sacerdote de la archidiócesis de Cracovia ya sabía que es la
comunión fraternal el presbiterio- el Concilio abrió una
nueva dimensión de esta experiencia".
5. ¡Cuántas personas tendría que nombrar aquí! Probablemente
el Señor Dios habrá llamado a Sí la mayoría de ellos. Por lo
que se refiere a los que todavía se encuentran en esta parte,
que las palabras de este testamento les recuerden, a todos y
en todas partes, allí, donde se encuentren.
En el curso de más de veinte años desde cuando presto el
servicio Petrino "in medio Ecclesiae" he experimentado la
benévola y muy fecunda colaboración de tantos cardenales,
arzobispos y obispos, de tantos sacerdotes y personas
consagradas -hermanos y hermanas-, en fin, de tantísimas
personas laicas, en el ambiente curial, en el Vicariato de
la diócesis de Roma, y también fuera de estos ambientes.
¡Cómo no abrazar con grata memoria a todos los episcopados
del mundo, con los cuales me he encontrado a lo largo de las
visitas "ad limina Apostolorum"! ¡Cómo no recordar también a
tantos hermanos cristianos no católicos! ¡Y al rabino de
Roma y a tantos numerosos representantes de las religiones
no cristianas! ¡Y cuántos representantes del mundo de la
cultura, de la ciencia, de la política, de los medios de
comunicación social!
6. A medida que se avecina el límite de mi vida terrenal
vuelvo con la memoria al principio, a mis padres, al hermano
y la hermana (que no conocí porque murió antes de que yo
naciese), a la parroquia de Wadowice donde fui bautizado, a
esa ciudad que amo, a mis coetáneos, compañeras y compañeros
de la escuela primaria, del bachillerato, de la universidad,
hasta los tiempos de la ocupación, cuando trabajé como
obrero y después en la parroquia de Niegowic, en la
cracoviana de San Floriano, en la pastoral de los
universitarios, en aquel ambiente... en todos los ambientes...
en Cracovia y en Roma... en las personas que de forma
especial el Señor me ha confiado.
Quiero decir a todos sólo una cosa: "Que Dios os
recompense".
"In manus Tuas, Domine, commendo spiritum meum"
A.D.
17.III.2000
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